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Una actuación policial en plenas fiestas de San Fermín

Hoy he visto a 12 policías perfectamente armados en el parque de Antoniutti, Pamplona, en plenos Sanfermines, a eso de las ocho y media de la mañana. Tenían a tres chicos sentados en un banco, tres chicos que eran evidentemente menores. Los han tenido ahí unos quince minutos, seguramente más, porque cuando yo he visto la actuación tenía pinta de que ya se llevaba prolongando un rato. Los chicos estaban sentados en el banco, con los brazos cruzados, mirando al frente, sin moverse. Los agentes se paseaban delante suya, con sus pistolas en el cinto perfectamente cargadas. Entraban y salían de sus tres furgones, dos de los cuales eran de la policía municipal y un tercero del cuerpo nacional. Hablaban entre ellos, miraban a los chicos, les pedían la documentación. Algún transeúnte más valiente que yo, quizá algún amigo de los chicos, se acercaba a preguntarles qué estaban haciendo. Entonces hacían una piña de tres agentes para responder a las preguntas, siempre con su semblante serio y su pistola en el cinto.

Al cabo de un rato se han ido marchando. Primero los nacionales. Luego los municipales. Los chicos se han levantado por fin del banco, y entonces yo les he preguntado a ver qué habían hecho. Me han dicho que cada uno de ellos tenía una multa de trescientos euros por mear en la calle.

Orinar en la vía pública es efectivamente un delito. Aun así se me plantean algunas cuestiones: ¿son necesarios doce agentes para detener a tres menores? Recordemos que estamos en plenas fiestas de San Fermín, conocidas por sus numerosas violaciones y agresiones sexuales, peleas de borrachos, personas desmayadas por intoxicación. Yo pienso que esos agentes podrían estar haciendo algo mejor y más útil para todos, seguro.

Recordemos también que todos los que celebramos las fiestas asumimos una gran laxitud en el cumplimiento de ciertas normas. Este año he visto a muchísimas personas cruzando pasos de cebra en rojo, orinando donde no se debía, bebiendo en rotondas, tomando toda clase de sustancias, y todo a la vista de la policía. ¿Debemos asumir que es cuestión de azar el hecho de que se nos aplique la ley?

También me planteo si es necesario ir armado para retener a tres menores entre doce policías. Claro, yo nunca he llevado un arma encima, y todos estamos muy acostumbrados a que ellos las lleven en todo momento. Pero, ¿es necesario? ¿No podrían dejarla como mínimo en el furgón? ¿O incluso en la comisaría?

Para mí este es otro caso de brutalidad policial. No sé qué pensarán los padres de estos tres chicos cuando tengan que pagar esa multa de trescientos euros. Espero que no los reprendan, ojalá sepan que doce policías con sus doce pistolas perfectamente cargadas se pavonearon e intimidaron a sus hijos, mientras en la ciudad se cometían toda clase de tropelías.

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El Boulevard Jazz

El Boulevard Jazz

Este mes ha cerrado un bar bastante importante en la cultura musical de Pamplona. Importante de verdad, primero por los años que llevaba abierto al público (muchísimos), y segundo por la cantidad de música en directo que ofrecía. Para mí era un lugar encantador, pequeño, antiguo. Entrar allí era como viajar en el tiempo, el escenario con su brillantina, el terciopelo, los asientos de cuero, las fotos en blanco y negro. De hecho siempre me consideré muy joven para su ambiente, no porque no pudiera entenderlo, sino porque sencillamente las personas que lo frecuentaban eran mucho mayores que yo, es una pena. Era una pena. De hecho, una de las primeras veces que fui, me echaron por ser demasiado pequeño.

Debió ser hace cosa de diez años, tendría unos catorce. Salí de casa solo, un sábado por la noche, y fui. Ese día tocaban los míticos Beat-Less, la única banda tributo que he llegado a comprender. Mi profesor de trompeta me había avisado del concierto. Entré, el bar estaba a rebosar. En la zona de mesas frente al escenario no quedaban sitios, así que todo el mundo se amontonaba al fondo. Como siempre que tocaban los Beat-Less. Yo le pregunté al camarero cuándo iba a empezar el concierto. Supongo que no sabía que los conciertos en bares se retrasan siempre. Ahora lo se muy bien. El camarero me dijo que empezarían dentro de una hora más o menos. Luego se quedó un rato mirándome, frunciendo el ceño, y me dijo que de todas formas, yo no debería estar allí, y que sería mejor que me largara. Me fuí, me enfadé, lo olvidé. Hoy me he vuelto a enfadar con ese tío, porque qué narices, si no fuera por él habría disfrutado una noche más de un sitio que me encanta y que ya no estará disponible.

Yo nunca lo frecuenté mucho. Solía caer por allí unas tres o cuatro veces al año. Siempre me pedía un gintonic y me sentaba en alguna de las mesas con algún amigo. El dueño solía poner cacahuetes sobre las mesas. A veces gominolas. Uno se sentía muy cómodo allá y la música siempre me gustaba. Las canciones nunca se tocaban con complejos, siempre sin pretensión. Y las letras vacías, excesivamente metafóricas y sin significado, no solían tener cabida. Los músicos eran los propios habituales del bar y solían tocar boleros, temas de Sabina, Los Secretos, Fito, Dire Straits, rancheras, etc. Como todos eran amigos, el ambiente era siempre muy familiar.

En alguna ocasión, el dueño, que tocaba el piano, se sentaba a nuestro lado. Le gustaba charlar, siempre se le hacía raro que gente tan joven estuviera allí. Tenía una corbata muy chula con unas teclas de piano dibujadas. En alguna ocasión llegué a cantar alguna canción. Una vez él me dijo, para hacerse el interesante, que mi forma de cantar no estaba mal, pero que podría estar mejor. La verdad es que él cantaba de pena pero tocaba muy bien el piano. El último año el bar lo han llevado unas mujeres majísimas. Una de las pocas veces que he coincidido con ellas nos invitaron a chupitos a mi amigo Nacho y a mí hasta dejarnos bien torcidos.

Recuerdo una anécdota más o menos divertida. En el bar había un bajo Jazz Bass. Un Fender de los setenta precioso, desgastado pero en buen estado. En una ocasión, al cierre, le pregunté al cantante de los Beat-Less, ya en la calle: "¿cuánto puede costar el bajo del Boulevard?". Ambos estábamos algo tocados. Me contestó: "pues teniendo en cuenta que el bajo de noseque bar cuesta nosecuantos miles, el bajo del boulevard debe costar nosecuantos mil". Me volví a casa pensando que el Jazz Bass valía muchísimo más de lo que pensaba. Me pregunté qué bajo tendrían en ese otro bar para que fuera todavía más caro. A la mañana siguiente caí en la cuenta de que el tío pensó que le había preguntado por la bajera (bajo) y no por el instrumento (también bajo).

La noche en que el Boulevard Jazz abrió por última vez caí allí por casualidad. Me enteré ese mismo día. Había concierto, me tomé un gintonic y cuando el conciertó acabó, los músicos habituales estuvieron tocando toda la noche. Un tipo con el que había cantado una vez, un tío majísimo que toca muy bien el piano, me dijo que tenía que subir a cantar mi versión de Creep, de Radiohead, y lo hice. Algunos de los que estaban tocando me acompañaron, aunque hubiera preferido que lo hubiera hecho él con el piano. Yo tenía la voz algo mal por culpa de la ginebra, y no me salió muy decente, pero es un buen recuerdo. Después el cantante de los Beat-Less me dijo que le había gustado mucho, seguramente sin acordarse de las anteriores veces en las que habíamos hablado. Me dijo: "¿eso era Creep? Ha estado muy bien", y yo le dije: "es un honor". Y no le mentía.

Siempre admiré mucho a la gente que tocaba y cantaba en ese bar. Eran buenos, muy buenos, eso sin duda. Pero lo que siempre me maravilló (y me enseñó) fue su actitud. Tocaban para pasárselo bien y lo conseguían, se reían, se emocionaban, se emborrachaban, y yo siempre me iba a mi casa con la piel de gallina.

Lluvia

Últimamente y quizás siempre, este blog ha adquirido un enfoque muy didáctico para mí. Casi todo lo que estoy escribiendo este mes son pruebas y trabajos no del todo triviales en los que pongo mi empeño, no se muy bien con que resultado.

En Pamplona siempre ha llovido. Y siempre ha parado. Me lo contaba Gonxal hace unos días, aunque yo ya lo sabía. Pero él me lo contaba bien, como hay que contar las cosas. Mi abuelo, decía, siempre lo dice. Aquí siempre ha llovido y siempre ha parao. Siempre ha parao, remarcaba Gon con acento ribero. Siempre ha parao.

Los habitantes de esta pequeña urbe, de este granito de arena en el universo, de esta burbujita de comodidad y Opus Dei, de UPN y PSN, de gente que se deja 63 millones en un circuito de carreras avocado al fracaso, de hinchas de un equipo que más bien es un pozo de dinero público y que últimamente, además, ha sido ampliamente derrotado. Todos ellos están, aunque a veces se les olvide, muy acostumbrados a mojarse. A mojarse en sentido literal y no figurado. A que se les calen los cogotes pelados y se les congelen las pantorrillas. A caminar con los calcetines bien húmedos e ir pisando el suelo como si fuera un cenagal. Y todo es a causa de eso, de la lluvia. De ese fenómeno atmosférico tan famoso con el que últimamente tengo una relación variada y curiosa.

Empecemos por referencias reales y después vayamos hacia la ficción. Aunque bien podría hacerlo al contrario. Podría empezar contando lo mucho que me marcó aquella lluvia gruesa y aparentemente fría, la de Jurassic Park. La recuerdo muy bien. Aquella lluvia terrible que rebotaba en los cristales de los coches y de los endebles edificios, en mitad de la selva, con sus dinosaurios mojados, sus T-Rex (esta vez sin Whoopi Goldberg) respirando vaporcito, echando aire caliente al exterior, olfateando a algún desgraciado que ponía en práctica esa teoría loca, la de "si no me muevo no me ve". Pero entonces, si lo hiciera, si desarrollara más el tema, qué gracia tendría hablaros de lo mucho que me mojé el otro día aquí, en la Pamplona regional. En la Pamplona exenta de aventuras, con algún que otro dinosaurio pero desde luego sin selva ni clima tropical.

Uno de los principales detractores de la lluvia es Darío. Darío es un gran amigo y más aún, compañero de aventuras musicales. Como casi todas las personas que no han nacido en este agujero, gusta de recordárnoslo habitualmente y es comprensible. Yo soy de una isla cálida y tropical, suele decir refiriéndose a su país natal, Cuba. Yo no soy de aquí y este clima no me va. A mí esta lluvia me toca los cojones, me pone triste y enfermo. Y luego está Beau Et Din, abreviado Beau-D y pronunciado Bodi, mi amigo Senegalés, que tiene un discurso muy parecido al de Darío. Bodi me dice: Redemption (me llama así en honor a uno de mis videojuegos preferidos), yo necesito calor, a mí este frío y esta lluvia, brrrrrr, me ponen malito. Y entonces siempre se frota la piel negra de sus brazos y pone cara de estreñido, y a veces continúa negando rotundamente: no, no, no, no, esto no es para mí, te lo digo.

Hay mucha gente que dice no molestarse ante la lluvia, pero ninguno lo demostró tanto como Andy, aquel trotamundos que conocí en Edimburgo hace un par de años. Recuerdo muy bien aquella lluvia fría del mes de julio. Caía fina, en el norte de Gran Bretaña, y era incesante. La ciudad estaba siempre mojada, como en un cuadro impresionista, y la gente caminaba de un lado para otro siempre con paraguas y chubasquero. Recuerdo como me embozaba yo en mi impermeable. La cara se me llenaba por completo de agua, pero el resto aguantaba bien y así me pasaba las mañanas y las tardes, de un lado para otro. Cuando por las noches llegaba al albergue en el que me alojaba, de camino siempre compraba alguna caja de cervezas, y luego, en el patio trasero, me las bebía en compañía de Andy y de muchos otros. Aquel patio me maravillaba, pues estaba rodeado de todas las fachadas traseras de la manzana, era amplio, estaba dividido en parcelas y dejaba una espléndida vista de tejados y chimeneas inglesas (escocesas, en realidad). Pero había un detalle que siempre me llamaba la atención, y es que cuando la lluvia se volvía especialmente intensa y molesta, todos nos parapetábamos contra la fachada de la casa y continuábamos la charla bajo la repisa. Pero no Andy, él siempre se ponía frente a la pared y disfrutaba chirriándose hasta los topes. Se sacudía el pelo y permanecía allí, normalmente con un vaso de vino, feliz, mientras su jersey de lana azul de marinero se llenaba de agua como una esponja. Tengo que escribir más sobre ese viaje.

A mí a veces me gustaría ser como el protagonista del libro de Eduardo Mendoza que acabo de leer, cortesía de Nacho. La aventura del tocador de señoras. En él se nos presenta a un detective peculiar, el mismo que en El misterio de la cripta embrujada. Un maleante algo demente, condenado a merodear por los barrios bajos de Barcelona y a las malas compañías. Quizás escriba sobre el libro (quizás escriba sobre los libros que voy leyendo). La cuestión es que este personaje se declara en varias ocasiones un superviviente. Un hombre enfrentado continuamente a la adversidad, al que lógicamente no le importa mucho mojarse cuando llueve. Recuerdo un pasaje del libro en el que se ve obligado a pasar la noche bajo la lluvia, vigilando el portal de un edificio. Consigue protegerse con un paraguas, se acurruca contra un árbol y el pobre, en pleno aguacero, no puede evitar el quedarse dormido. A veces me gustaría ser duro, como la gente del campo, y que no me importaran el frío y la lluvia. Pero los niñatos de ciudad como yo somos blanditos como algodones. Es lo que hay.

El camarero triste

 

Esta es una entrada que escribo un poco rápido. Vengo de echar un café en un bar al que suelo ir de vez en cuando. El camarero, extranjero, hoy estaba bastante triste. Le hemos preguntado si estaba cansado y nos ha dicho que no. Que estaba triste. A mí me ha dado un poco de pena, pero no demasiada. Supongo que este caso es uno de esos que tiene la Navidad, uno de esos tópicos navideños. Cuando nos hemos ido, le he estrechado la mano y le he dicho, no estés triste, hombre. Tiene que ser duro estar lejos de los tuyos en este día. Yo tengo la suerte de poder cenar con mi familia. Así que espero que para él no sea esta una tristeza destructiva, que sea de las que se pasan ligeras, de las que te enseñan a valorar las cosas buenas. Espero también que tenga la suerte de poder volver con su familia el año que viene, en estas fechas.

Y eso es todo. Me he acordado de una canción de Atahualpa que habla de este tema, así que os la enseño para que veais lo importantes que son los seres queridos y el hogar. Un saludo a todos y felices fiestas.

Ese efecto onírico

Me he levantado hace poco y aún estoy con el apelmazamiento de la mañana. Con los músculos que no responden al cien por cien, y la cara algo hinchada. Me siento un poco raro, como si pesara algo dentro de mí, y es por un sueño que he tenido. Los sueños a veces me dejan algo turbado, a veces porque son muy raros y me quedo pensando, ¿Cómo he podido soñar algo así?
Hoy he soñado con una persona en la que no pienso desde hace mas de un año ya. Y no es que apareciera de pasada en mi sueño, sino que todo él giraba en torno a ella. Y ahora, ya veis, después de año y medio sin tener contacto alguno con esta persona, me encuentro echándola extrañamente de menos. Cosas que tienen los sueños.

El camino a la meta

"Y algo importante, os animo a todos a que os hagáis una lista. Es una lista de las 100 cosas que queréis hacer antes de morir. La revisáis cada año, cada 2 años. Os animáis cuando veis que habéis cumplido uno o dos objetivos. Con eso es suficiente. Esto no marcará el rumbo de vuestra vida, sino que os permitirá ver la evolución que vosotros mismos lleváis. Cambios de objetivos, os quedáis horrorizados al descubrir que deseabais hacer hace dos años, veis que muchas cosas la habéis cumplido sin querer."

Esas palabras las escribió mi colega Hettar en su blog hace año y medio.

http://hettar.es/el-camino-a-la-meta/

Y el otro día las releí, no se muy bien porque. En su día no me atreví a hacer mi propia lista. Pero por fin la he hecho. Mi lista no es tan divertida ni tan buena como la de Hettar, pero ahí está. Tal vez diga mucho de mi mismo y me da un poco de miedo publicarla en internet. Pero, queridos lectores, esto es lo que soy y no hay nada mas que esto. ¡A ver que os parece!


Cien cosas que tengo que hacer antes de morir.


1 - Conseguir que mis padres estén orgullosos de mí.

2 - Hacer que no haya ni pizca de rencor ni de odio en mi corazón.

3 - Tenerlo todo muy claro.

4 - Acabar la carrera.

5 - Tener un trabajo que me guste.

6 - Tener un trabajo en el que pueda desarrollar mi creatividad y en el que no me mande nadie.

7 - Hacer veinte canciones, y que todas hagan reir o llorar.

8 - Tener un bigote como el de Nietzsche.

9 - Tener un bigote como el de Dalí.

10 - Amar tanto a alguien que sienta que me vaya a romper en dos.

11 - Vivir fuera de Pamplona y ser completamente autosuficiente.

12 - Hacer una travesía por Chile, recorriendo medio pais hacia el sur acampando, ver el monte Aysén y tocar canciones de Jorge Cafrune por el camino.

13 - Ver una aurora boreal, preferiblemente en Noruega.

14 - Tener muchos amigos verdaderos, de los que no traicionan, no desprecian, y no se creen superiores a ti.

15 - Tener una noche mágica.

16 - Conocer mas a mis antepasados y a mi abuelo Antonio Amat.

17 - Confiar en la gente.

18 - Ayudar a mucha gente.

19 - Durante una temporada, tener unas relaciones sexuales muy abundantes y satisfactorias.

20 - Hacer un concierto muy divertido, no es necesario que asista mucha gente.

21 - Acabar mi libro de cuentos, que Julen me lo ilustre y que se publique en librerías.

22- Escribir una novela de aventuras.

23 - Ser el guionista de un comic en el que los personajes sean extravagantes, ridículos y atractivos. Y que el protagonista sea Íñigo Bidegain. Y que le ayude Mr. Champiñón.

24 - Ser el guionista y director de una película de humor, pero con mucha enseñanza, como La tapadera, de Woody Allen.

25 - Ser actor.

26 - Demostrar a la gente que me quiere que la vida es maravillosa.

27 - Acabar el cuento de Historias de arcoiris.

28 - No dejar nunca de escribir en el blog Paperback Writer.

29 - Ser completamente libre, teniendo mi propio estilo de vida y haciendo las cosas que me gustan.

30 - Vivir en una ciudad enorme, que tenga metro.

31 - Pesar 80 kilos y estar en forma.

32 - Vivir en un país pobre y ayudar a los que vivan allí.

33 - Enseñar a mucha gente a pensar por sí misma, a creer en la democracia y a derrocar por completo a la clase política actual.

34 - Poder decirles a mis artitas preferidos, en persona, cuanto les admiro.

35 - Poner una rosa roja en la tumba de Machado, fumarme un cigarro mentolado en su honor y derramar algunas lágrimas recordando sus versos.

36 - Conseguir que un fundamentalista político o religioso deje de serlo.

37 - Encontrar a la mujer de mi vida y tener hijos con ella.

38 - Hacer que mis amigos estén orgullosos de mí.

39 - Tener un velero y llamarlo Cafrune.

40 - Pasar un día en el que el sexo sea la principal actividad.

41 - Ser detective.

42 - Volar en avioneta.

43 - Participar en EL REV y salir arioso y triunfante.

44 - Tener una gorrita de capitán y hacer una travesía larga en el Cafrune, con buena compañía y gritando al mar frases de Arturo Pérez Reverte.

45 - Aprender a tocar y cantar las Coplas del payador perseguido.

46 - Perdonar a todo el que me haga daño.

47 - Ser siempre humilde, no ser ambicioso, ni ególatra, ni egocéntrico.

48 - Trabajar en la radio.

49 - Hacer una gran travesía por los pirineos, como hizo mi padre en su dia.

50 - Tener una buena salud mental.

51 - Poder ayudar siempre a mi hermana y conseguir que todo le vaya muy bien en su vida.

52 - Tener una casa muy bonita para poder ser el mejor anfitrión y el mas hospitalario.

53 - No estar nunca solo.

54 - No olvidar nunca a mis amigos del instituto.

55 - No olvidar nunca a los buenos profesores que he tenido y tendré, para poder hablar de ellos a mis hijos.

56 - No olvidar nunca a los buenos amigos.

57 - Morir rodeado de la gente a la que quiero.

58 - Jugar a muchos videojuegos que me inmersen.

59 - Rechazar siempre la violencia como medio para conseguir nada.

60 - Leer muchísimos libros, a ser posible novelas.

61 - Ayudar a la asociación Alter Paradox y hacer una canción sobre ella.

62 - Visitar cuba, Paraguay, casi todos los paises de sur américa, los polos, todo el norte de europa, el centro de África, Japón, Oceanía, alguna isla del pacífico que esté perdida y el Tibet.

63 - Ser un gran guitarrista de acústica.

64 - Ser un gran armonicista.

65 - Tomarme una horchata en el puerto de Valencia.

66 - Ser siempre sincero.

67 - Creer en los demás por encima de mí mismo, del dinero y de los lujos materiales.

68 - Renovar la cabaña de los Amat de Ateca.

69 - Conseguir que mi gato Sócrates tenga una vida larga y próspera.

70 - Pintar un oleo.

71 - Ser un gran informático, capaz de entender por completo el funcionamiento de la red y los entresijos de la programación, y aplicarlo a una ciencia u objetivo para que sea realmente útil.

72 - Tener una vespa para moverme por la ciudad e ir a clase.

73 - Avanzar en Karate.

74 - Escribir un buen poema, que esté al nivel de los que me hacen llorar.

75 - Admirar muchísimo a una mujer y querer ser como ella.

76 - Agradecer como se merecen a toda la gente que me quiere.

77 - Permanecer en una azotea, contemplando la noche de alguna ciudad, con o sin compañia, hasta quedar dormido.

78 - Ser columnista y decir verdades como puños hasta que me echen.

79 - Tener sexo temático.

80 - No rechazar nunca una gran comida estilo banquete, de esas con amigos, familia y una pizquita de alcohol para poder cantar y dormir después.

81 - Madrugar el ochenta por ciento de los días de mi vida. A partir de ahora, sino sería imposible.

82 - Tener un tocadiscos.

83 - Creer siempre en el honor, en la lealtad y en el altruismo.

84 - No dejar nunca de escuchar a los Beatles.

85 - Conseguir un disfraz sofisticado y genial, como uno de Jefe Maestro, o similar.

86 - Hacer alguna vez un videojuego.

87 - Ver todas las películas de Akiro Kurosawa y Sergio Leone.

88 - Sacarme el carnet de conducir.

89 - Tener, algún día, una barba enorme que me llegue hasta el pecho.

90 - Encontrar el tesoro de algún antepasado.

91 - Demostrar que el Palacio de la Virreina fue donado a la ciudad de Barcelona con la condición de que si alguna vez llegaba un Amat en apuros, tenía que poder hospedarse, y conseguir que esa ley se mantenga en la actualidad.

92 - Participar en una expedición científica, preferiblemente sobre biología, por cualquiera de los dos polos y tener que realizar tareas de las que apenas entienda su utilidad.

93 - Llegar a viejo y cantar como Johnny Cash.

94 - Ver muchos puertos.

95 - No dar manga hancha jamás a aquellas personas que se aprovechan de la libertad de pensamiento del resto para vivir cómodamente sembrando mentiras e ideologías.

96 - Ver las estrellas y el amanecer desde el Teide.

97 - Ser siempre libre y pensar siempre libremente, sin prejuicios.

98 - Leer toda la obra de Mariano José de Larra.

99 - Leer muchísima poesía hispánica. Miguel Hernández, García Lorca, Neruda, Bécquer, Cernuda, y todos los que aún no conozco.

100 - Ser siempre yo mismo.

Sueño cambiado

Son las dos y pico de la madrugada. Mañana es lunes y yo que no duermo. No padezco de insomnio, sufro una dolencia muy común llamada sueño cambiado. No es uno de esos males que te caen del cielo. No, este es de los que son fabricados por uno mismo y arremeten a corto plazo. Ocurre que el viernes me di una vuelta por la noche, por los bares del casco viejo de Pamplona, que es la ciudad en la que vivo. Después, el sábado, me levanté tarde. Gran error por mi parte pero fui incapaz de salir de la cama a eso de las once de la mañana, cuando sonó el despertador. Me levanté a las cuatro o las cinco de la tarde. Por la noche, ese mismo día, no tenía ni pizca de sueño así que estuve en el ordenador hasta las seis de la mañana, mas o menos. Y llegamos a hoy, que me he vuelto a levantar a las cinco de la tarde y ahora no me puedo dormir. Así es como he llegado a esta situación.

No tengo gran cosa que decir. Estoy escribiendo porque me apetece. He acabado de ver Misfits, una serie un tanto rara de unos jóvenes delincuentes que adquieren superpoderes. Y me ha gustado. A parte de eso, hoy he visto Memento. Una película sobre un tipo que es incapaz de almacenar recuerdo alguno. Esta película no me ha gustado, aunque reconozco la originalidad del director y, en general, la calidad de la película. Pero me ha dejado mal sabor de boca. La he empezado a ver en casa de Hettar. Pero se ha hecho tarde, y como mañana es lunes, me he venido a casa, he cenado y he visto el final aquí.

Mas cosas: el otro día se me pasó por la cabeza la idea de raparme la cabeza y afeitarme. La verdad es que seria muy extraño, creo que parecería otra persona. Últimamente me estoy preocupando por mi aspecto mas de lo normal. Y es que me he dado cuenta de que, sí, estoy muy flaco. No se porque estoy tan flaco. Hay una teoría al respecto que dice que llevo una vida un poco desordenada. Pero esto no es del todo cierto. Entre semana tengo mi rutina, como todo el mundo. Y me alimento bien. Los fines de semana son un poco mas caóticos. Yo creo que lo que pasa es que... No hago ejercicio. Y debería.

Otro asunto. Estoy leyendo El hobbit. A ver si lo acabo de una vez. Me está gustando, pero menos que la trilogía de El señor de los anillos. También debo decir que he rescatado de mi estantería un libro de Antonio Machado. Campos de Castilla. Son, naturalmente, poemas. La verdad es que me gusta mucho Antonio Machado. Cuando lo leo me remonto a los años veinte y treinta y me imagino al autor con su traje, su sombrero y un bastón. Como en aquella conocida fotografía. Y me gusta ver a Machado caminando por el campo, observando los árboles, los trenes e indagando en sus recuerdos.

Y creo que ya me he descargado. Ya son casi las dos y media de la madrugada. Como me he levantado a las cinco, llevo despierto... Nueve horas y media. Lo cual es, francamente, poco como para dormirse. Tal vez lea un rato.

Daniel parado en su coche

Daniel parado en su coche

Ayer, mi compañero de clase y amigo Daniel tuvo un parón. Hoy me lo ha contado mientras me traía a casa. Ayer, ha empezado, ayer me paré. Yo lo he mirado extrañado y le he pedido mas explicaciones. Me ha dicho que ayer, mientras iba hacia su casa, le gustó un punto del camino. Conducía por una carretera secundaria que desembocaba en la autovía. Llegó hasta un ceda al paso y se dio cuenta de que no había mas coches a su alrededor. Como le gustaba el sitio, se paró. No apagó el motor, simplemente se quedó allí, plantado, durante todo un minuto. Yo le he preguntado por qué lo hizo. Qué tenía ese sitio de especial. Y me ha dicho que no sabría decirlo con seguridad, que simplemente le gustaba. Así que durante sesenta segundos estuvo contemplando su entorno desde dentro de su coche. Y yo que, no mentiré, hoy estoy triste y cansado, he pensado que me apetecía dibujarlo. Aunque soy muy mal dibujante, pero me lo permito. Este dibujo se llama “Daniel parado en su coche” y se lo dedico con cariño a mi amigo Daniel.


Click aquí para ampliar el dibujo.

Hay que ver que poco escribo

Hay que ver que poco escribo ultimamente. Creo que tengo otras cosas en la mente y no me preocupa el hecho en sí. Lo único que temo es que el blog se pare para siempre, pero supongo que eso es difícil. ¿Cómo está mi vida actualmente? Pues está bien. Los días pasan tranquilos y voy conociendo gente nueva, bien en la universidad, bien en los bares los fines de semana. Estoy montando algo así como un grupo de música con dos amigos míos que son Mikel y Gonxal. Somo dos guitarras, una eléctrica y una acústica. Gonxal, por su parte, nos toca los yembés. Tenemos temas propios y todo, pero no se si son gran cosa.

Otra novedad es que le he comprado a Hettar su Xbox 360 (consola de juegos) porque el ya tenía otra en el piso. Siempre me han gustado los videojuegos pero es que ahora me alucinan los gráficos que traen. De momento estoy dandole bastante caña a uno que se llama Red Dead Redemption, un videojuego en el que el jugador controla a un pistolero del lejano oeste. Genial para los amantes del spaghetti western como yo.

Y poco más, de momento. Espero que a todos os vayan las cosas bien, tanto a los que os conozco como a los que no. La verdad es que, por mi parte, las cosas interesantes que me han pasado en los últimos meses son demasiado íntimas y no pegarían mucho aquí. Pero supongo que relataré mi próxima aventura. ¡Un abrazo!

Mirando por la ventana

Esta es una de esas entradas en las que os cuento que estoy sentado en mi cuarto mirando por la ventana, imitando al gato. Ayer domingo se levantó mucho viento en Pamplona. Creo que en esta ciudad, cualquier acontecimiento así, tan sencillo, toma mucha importancia en seguida. Me hace gracia, por ejemplo, el revuelo que ha montado Moncho Armendariz. Va a rodar una película utilizando a gente navarra, como hace siempre. Y es genial la ilusión que aparece por la ciudad. Me habría gustado presentarme al casting, pero en los días en los que se celebró yo tenía otras cosas en la cabeza.
El año pasado participé como figurante en la ópera Carmen, que se representó en el palacio de congresos de Pamplona, creo que como conmemoración a su apertura. Y fue sencillamente genial. Me hicieron ponerme un disfraz y salir tres o cuatro veces a escena, donde no hice nada realmente difícil. Y el resto del equipó me trató como si fuera un actor de verdad.

Pero bueno, otra vez será. Moncho Armendariz prepara su casting, el gato mira por la ventana, y el viento amontona las primeras hojas caídas en el patio del instituto Iturrama. Y yo aquí, ya veis, sin nada especial que contar. Hoy me está gustando como pasa el tiempo. Esta tarde tengo que estudiar. Ya nos leeremos.

La cocinera

Recuerdo que cuando era pequeño e iba al colegio, tenía una amiga. Trabajaba cocinando y sirviendo comida a los niños que se quedaban a comer al medio día. Yo casi nunca me quedaba a comer, pero aún así éramos amigos. No recuerdo muy bien las circunstancias que se dieron para que fuéramos amigos, pero lo éramos. Coincidíamos de vez en cuando, cuando yo salía de clase a la hora de comer, o cuando entraba por la tarde. Por supuesto que no era una relación de amistad normal y corriente, dado que yo era un niño y ella una mujer adulta. Solía llamarme por mi nombre y preguntarme por mi estado de ánimo. Yo le decía que estaba bien y le sonreía. Recuerdo su rostro vagamente. Tenía gafas y cara redonda. Era una mujer muy alegre, gastaba bromas y siempre sonreía. Lo recuerdo a trozos. Ella no se interesaba por mí de manera particular, no me seguía ni nada por el estilo. Solo conversaba conmigo un rato cuando nos cruzábamos y se interesaba un poco por mis cosas. No recuerdo si esa mujer tenía algo de especial, pero hoy se a ciencia cierta que era una persona realmente sincera y que su presencia me hacia sentir bien. Yo era un niño. Me resultaba agradable hablar con ella pero no le tenía un cariño especial ni pensaba en nuestra relación. Si no hubiese sido un niño, tal vez podría haberme parecido un poco raro todo aquello, aunque si os soy sincero, ahora recuerdo a esa mujer con ternura. Ciertamente éramos amigos. En su momento no lo agradecía, pero sin duda es de agradecer que alguien se interese por otra persona sin querer nada a cambio.
Un día yo estaba esperando a mi padre en la calle, sentado en un banco. Las piernas no me llegaban al suelo y las balanceaba, como suelen hacer los niños. Vi a la mujer acercándose por la acera. Ella caminaba lentamente. Recuerdo que miraba al suelo apesadumbrada. Cuando pasó por delante, levantó la vista hacia mí. Estaba muy seria, parecía otra persona. Yo me puse en pie de un salto, sonriente, dispuesto a decirle hola, a que me llamara por mi nombre, a que me preguntara qué tal estaba y a decirle que estaba bien. Pero ella simplemente pasó de largo. Devolvió su mirada al suelo y pasó de largo. Creo que esa fue la última vez que la vi, y si volví a verla después de aquello, no lo recuerdo. Y si hoy volviera a verla, no sería capaz de reconocer su cara. Todo esto que os he contado son recuerdos borrosos que tengo en la mente con algunos matices nítidos.

Hoy, sin saber muy bien como ha ocurrido esta fortuita conexión sináptica en mi cerebro, me he acordado de ella. Nunca antes había pensado en ella e insisto en que no se que es lo que me ha llevado hasta su recuerdo. Le dije a mi padre que la cocinera no me había saludado y mi padre me explicó que la gente mayor a veces se pone muy triste muy triste y pierden las ganas de saludar a sus amigos. Hoy he recordado a esta mujer, aquí, sentado, solo en mi cuarto y me han entrado ganas de abrazarla y de decirle que no está sola. Ojalá ella, esté donde esté, lo sepa.
Será que tengo alguna especie de trauma con esta historia, pero sentía ganas de contarle esto al mundo.

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El día en que confundí la leche con horchata

El día en que confundí la leche con horchata

Recuerdo que estaba en casa de mi abuela, tendría seis o siete años y tenía sed. Cuando era pequeño solía pasarme las mañanas viendo la tele, supongo que ese día debí haber estado haciéndolo. Así que fui a la cocina a por un vaso de leche. Abrí el frigorífico y saqué el bote de horchata. Lo ponía claramente; horchata. No era leche, pero yo no lo sabía. Tal vez un "esto no es leche, es horchata" me habría ayudado. Yo pensé que sería algún tipo de leche desnatada o algo así, asi que me llené un vaso. Me lo llevé a la boca con ilusión y con ganas de calmar mi sed. No, no era leche. Lo noté. Sabía algo raro, pero me gustó. Cuando hube acabado el primer vaso, noté que quería más. Así que me eché otro y otro. Allí empezó mi amor por este fantástico refresco. Me acabé la botella.
Mi abuela me pilló y desde entonces me compraba mucha horchata. Algún día tendré un campo de chufas y haré la mía propia.

Sócrates el gato

Dando vueltas y saltos, ha llegado Sócrates a mi casa. Sócrates el gato, no el filósofo. Siempre está de aqui para allá, correteando sin parar. Le gusta arañar y morder, pero es un buen chico. Nunca hace daño a sus amigos, y me lo demuestra con lametones cuando llego a casa. Es el terror de los zapatos, calcetines, zapatillas, ropa desatendida y de cualquiero cosa pequeña que se mueva. Casi nunca cesa de jugar, sólo cuando cae rendido sobre su camastro o sobre mis piernas si estoy estudiando o en el ordenador. Cuando hay algo que no entiende, se dedica a mirarlo fijamente. Él mira fijamente aquello desconocido y se esfuerza por entender su funcionamiento. Y válgame Dios que uno puede aprender de este animal. Ya muchos se quedaran mirando fijamente las cosas que no entienden, y así tal vez nos iría a todos un poco mejor.
Ayer se me hizo tarde y lo llevé a la cocina, que es donde se aloja. Apaqué la luz y él se quedó sentadito, mirando fijamente la ventana. Adiós chico, le dije.

Humo

Humo

Hoy, como no tengo nada que decir, os voy a contar que llevo diez minutos viendo como sale el humo de una chimenea, y se pierde en el cielo y en la atmósfera. En la lejanía del paisaje que se puede ver desde la ventana de mi cuarto, aún alcanzo a divisar otras tres columnas de humo y sospecho que la última de ellas debe ser la de la universidad, que emana el humo procedente de los talleres. Es entretenido, hasta un punto, ver como sale el humo y se revuelve, se hace una columna recta o inclinada, o se hace una bola y se disipa. En fin, aquí uno que lleva diez minutos absorto con esta imagen.

El conserje

No diré el nombre del conserje del que antes era mi instituto. Ni tampoco su característico apodo, por motivos de intimidad. Hoy cuando venía hacia casa me he cruzado con él, porque esta ciudad es así, uno se cruza con todo el mundo. El conserje iba con una chaqueta de chándal, es la primera vez que le veo con algo que no sea una camisa. La chaqueta, que estaba abierta, colgaba y penduleaba con el viento. Y tras la chaqueta, llevaba, como no, una camisa de cuadros con los tres primeros botones abiertos. Señores, he aquí al hombre mas duro de la ciudad. Siempre ha sido un hombre serio, callado, introvertido incluso. Pero eso sí, educado y respetuoso. Respetuoso y respetable. Un tipo eficiente.
Recuerdo una vez en que una ventana no se cerraba como era debido. Vino el conserje, apoyó sus manos sobre la ventana y ¡Plas! La cerró en un santiamén. En diciembre, lo vi salir del instituto con una camisa remangada. ¡Y estábamos a unos seis grados! En fin, un conserje del que muchos funcionarios de puestos superiores tendrían mucho que aprender. Lo que se dice un tío con un par.

Respecto a la última entrada, alguien necesita un helado de arco iris urgentemente...

 

Helados de arcoiris

Helados de arcoiris

El otro día me aburrí, cogí una libreta y empece a hacer dibujos en las páginas. En cada página un dibujo, normalmente guionizado y con dos viñetas. Al final llene casi toda la libreta. Esta es una de mis creaciones, todas son bastante tontas la verdad, pero fue entretenido.

Distracción

Aquí nos podemos hacer una idea de porque suelo decir que tengo pájaros en la cabeza. Aviso de que escribo todo esto para desahogarme, y no cuento nada especial, interesante o siquiera entretenido. Es simplemente que a veces me harto de la forma en que funciona mi cabeza. Joder, que tétrico acabo de ser. En fin, no es para tanto, pero a veces si que me canso de mí mismo. Y otras muchas veces no. A todos nos pasa, supongo.

Os voy a contar como me he distraído hoy en la biblioteca durante cinco minutos, mientras estudiaba. Estaba sentado en una mesa circular con una pareja de novios y de repente, me he acordado de una cosa que leí en internet. Un señor proponía un juego mental-psicológico bastante tontorrón que consistía en lo siguiente: el jugador debía dedicar un par de minutos a imaginar como será su futuro. No tiene porque ser un futuro muy verosímil, pero si ha de tener cierta relación con la realidad. Me explico, si imaginas que vas a tener un futuro de ciencia ficción con extraterrestres o superpoderes, el juego no funcionará. Pero por ejemplo, si puedes imaginar que pierdes una pierna en un accidente, ya que eso es algo que entra en los marcos de lo posible. La cosa queda a la elección del jugador. Insisto en que es un juego muy tontorrón, porque cuando ya has imaginado bien como podría ser tu futuro, lo que tienes que hacer es pensar que tu vida está llegando a su final y que entonces viajas al pasado, hasta el presente. Y ahí acaba el juego, ¿Dije o no que era una tontería? El efecto que debes tener si te has concentrado lo suficiente es, efectivamente, el de viajar en el tiempo. Y volviendo a la biblioteca, a la mesa circular y a la pareja de novios, diré que yo no estaba pasando un mal rato, ni me estaba aburriendo precisamente. Aun así, no he podido evitar distraerme durante cinco minutos, que se le va a hacer. Sin quererlo, he aplicado el jueguecito mental a la pareja de novios que tenía en frente. He imaginado que cortaban al cabo de tres meses y cada uno se iba por su lado. Naturalmente, cada uno de ellos encontraba a una pareja que se les antojaba mejor que la anterior y a grandes rasgos, se podría decir que cada uno de ellos conseguía una relativa felicidad en su vida. Ya se sabe, momentos malos, momentos buenos, momentos muy buenos... Lo que se dice una vida supongo, y digo supongo porque yo solo soy un querubín y como ya he dicho muchas veces, no se de que va la cosa. Siguiendo con la distorsión del juego que aquel señor anónimo publicó en un foro de la red, he imaginado que la chica acababa siendo de mi familia. Y eso era así porque, en mi imaginación, yo nacía después del presente. Como unos treinta años después, pongamos que la chica era entonces mi tía. Y mi tía, que no era otra que la novia del chico que estaba delante de mí en la biblioteca, cuarenta y nueve años después, me enseñaba un viejo albun de fotos. Y en una de esas viejas fotos del futuro que yo estaba imaginando, salía el presente, es decir, la biblioteca. Y ahí estaba yo, en un extremo de la mesa, con la nariz metida en un libro, mientras mi tía y un antiquísimo exnovio se intercambiaban miradas. Y ¡Zas! ¡Viaje en el tiempo! Y mi yo del futuro viajaba al pasado y ahora era yo mismo en el presente, que en mi imaginación era el pasado. Y entonces he decidido parar de jugar porque mi integridad mental, en general, estaba en peligro.

Después he recordado una película de ciencia ficción que vi hace mucho. No recuerdo el título, aunque no importa, porque la película no era de mucha calidad. Lo interesante era, únicamente, el argumento, en el que una empresa se dedicaba a mandar turistas al pasado, a las principales catástrofes de la humanidad. Y los turistas iban al Vesubio, a algún que otro tornado, a algún otro ataque terrorista. Y justo antes de morir, viajaban en el tiempo y no les pasaba nada. Todo esto lo descubría el prota de la peli, porque veía unas fotos en las que aparecía el mismo tipo, a pesar de que las fotos distaban cronológicamente ciento cincuenta años unas de otras. La emoción venía cuando se encontraba con ese tipo, con el que salía en las fotos, en el interior de un avión en pleno vuelo. ¡Horror! Eso solo podía significar que el avión iba a estrellarse. Y eso... Recordando la película se han completado mis cinco minutos de distracción y he seguido a lo mío.

También quería comentar que hoy he conseguido calmarme un poco. He mirado por la ventana; afuera llovía intensamente. Me he fijado en un punto del asfalto iluminado por una farola, serían las ocho o las nueve de la tarde. He visto la lluvia caer y rebotar sobre el asfalto, con la luz anaranjada y me ha gustado, así que he estado como quince minutos mirando ese punto y pensando en mis cosas. Después he resoplado de placer emocional, porque han sido quince minutos liberatorios.

Ha muerto el periquito de mi amigo Íñigo

El otro día me envió un mensaje: "el periquito inmortal ha muerto". No recuerdo muy bien que estaba haciendo en ese momento, tal vez arreglándome para salir, o perdiendo el tiempo con algún videojuego. Pero lo que si recuerdo es que me quedé pasmado. ¡El periquito inmortal ha muerto! Ya empezaba a pensar que eso nunca ocurriría. Íñigo debía tener unos cinco o seis años cuando su familia lo compró. Seguro que ese día vino al colegio y me lo contó, aunque en honor a la verdad, no recuerdo el momento. Sin embargo, si recuerdo ponernos a jugar al monopoli o algún otro juego, en la mesa de la cocina, mientras el periquito "cantaba" de manera tediosa y continua. Recuerdo la novedad que supuso el pájaro, eso si lo recuerdo. Las primeras preguntas, que es chico o chica. Que si tiene nombre, que si sabe hacer trucos.
Pero este animal siempre estuvo caracterizado por una ausencia de diversión. No es que fuera un pájaro aburrido ni nada, simplemente "era", "estaba". Nunca tuvo nombre, era bonito, de color azul. Comía y cantaba.
Un día, Iñigo insitió en que el pájaro sí tenía una interesante habilidad. Si le abrías la jaula y le mostrabas el dedo, éste saltaba hasta el dedo para quedarse allí pacíficamente. Yo lo negué en cuanto me lo contó. Que no, Iñigo, que este pájaro no sabe hacer nada mas que estar. Pero Íñigo insistió e instió hasta que tuvimos que probarlo para ver quien tenía razón. Abrí la jaula y puse el dedo. El pájaro se acercó con curiosidad, puso una pata sobre mi dedo y sin ninguna clase de miramientos, me dio un picotazo. Yo retiré mi dedo dolorido y el periquito escapó de la jaula horrorizado. Voló torpemente golpeándose contra los muebles de la cocina, y yo, asustado, me agazapé en el suelo con las manos sobre la cabeza, mientras plumas azules y blancas llovían sobre mí. Iñigo cogió al pájaro con cuidado y volvió a meterlo en la jaula. Esos fueron los instantes mas emocionantes de la vida del periquito. Seguramente él los recordó como quien recuerda haber estado en la guerra, como quien recuerda una operación de vida o muerte, como quien recuerda un grave accidente de tráfico.
En fin, el pájaro ha muerto. Agonizó durante unos minutos antes de morir, se mostró sin energías, se arrastró un poco por el fondo de la jaula hasta que cayó. Así es la vida, supongo. Va por etapas, me dijo un conocido en un bar. La etapa de este animal acabó. Me alegro de que nunca tuviera nombre. Los nombres son para las personas, no para los animales. Adiós periquito.

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Necesito mi espacio

¡Hola! Últimamente no he tenido muchas ganas de escribir. Me he propuesto ir y volver todos los días de clase a pie, para recuperar un poco de forma física, que me va haciendo falta. El trayecto es de 25 minutos y algunos días tengo que realizarlo cuatro veces, dos a la mañana (ida y vuelta), y dos a la tarde. El curso pasado hice deporte con regularidad y me fue bien. Creo que el deporte es una satisfacción física bastante grande, y en momentos de estrés o agobios, también es una pequeña satisfacción mental. Pero este año estoy bajo de formas, los horarios no me cuadran para seguir con los entrenamientos y el ingreso en el hospital fue un bajonazo enorme para mi forma física. Todo ello se nota en un simple pero pesado cansancio corporal, que intento remediar con caminatas a clase, y también algún que otro paseo los fines de semana. Lo que no se es si ésto mejora o empeora la situación.
Total, que os cuento todo esto como excusa por la falta de entradas nuevas. Es que llego a casa y no me apetece hacer el esfuerzo mental de transcribir mis ideas, de redactarlas, de argumentarlas bien... Buf, solo de pensarlo me agoto. Esperemos que se pase pronto.

Mientras tanto os comento lo nervioso que me pongo cuando me falta mi espacio. Mi espacio. Cuando estiro los brazos, me gusta que no choquen con nada. Me gusta mover las piernas, variar la posición geográfica de vez en cuando. Poder moverme un poco dentro de mi espacio. Mi espacio es muy importante. Pero cuando me falta, cuando me falta mi espacio, me pongo muy nervioso. Me pongo nervioso. Muy nervioso. No me gusta que me empujen, no me gusta que pasen pegado a mi, no me gusta estar rodeado de gente pegada a mi cuerpo. No es que me enfade, no es que lo considere una falta de respeto, es simplemente que no me gusta porque hace que me ponga muy nervioso.

Gafas de Sol

Gafas de Sol

Han llegado hasta mí unas bonitas gafas de sol. Alguien las perdió y ahora están en mi poder. Me imagino a su anterior dueño. Debió andar buscándolas con un poco de desesperación y sin nada de éxito. Me da un poco de lástima, inutil sensación. Nada puedo hacer ya por él. Las gafas están aquí y punto. Lo estuvieron esperando en el lugar donde él las perdió. Si no acudió fue posiblemente porque no cayó en la cuenta de que estaban allí, algo que si no ha hecho en dos semanas, posiblemente ya no lo haga. Tal vez estaba de viaje, y al llegar a casa decidió que no merecia la pena regresar a por las gafas. Por el motivo que sea, hay en la tierra un anónimo o anónima que ha perdido sus gafas de sol. Las miro y casi le veo detrás. Estas gafas antes eran mías, está diciendo. Las llevaba a muchos sitios, me gustaban mucho. Las compré en tal lugar, me las regaló fulanito de tal, mi padre, mi abuelo, mi novia. Yo iba a regalarlas también, a venderlas, a dejarmelas olvidadas en algún sitió para que Ender las encontrará, yo que se.
Tal vez un músico, las usaba para mis conciertos. Un ciego, las usaba para ocultar mis ojos estáticos. Un policía, con mis gafas imponía ante los malechores.
Creo que no siento la propiedad de estas gafas. Están en mi poder, pero no siento que sean mis gafas. Son las gafas de alguien, de alguien que las ha perdido. Yo simplemente las uso si hace sol. Y quien sabe si algún día me cruzaré en Pamplona con su dueño. Él pensará, yo antes tenía unas gafas como esas. Las perdí. Y ambos pasaremos de largo.

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