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Paperback Writer

La mirada perdida

Este es otro cuento que he escrito y que no se si os gustará. En verdad, no se si me ha salido bien o mal, pero he disfrutado haciéndolo y lo pongo aquí porque tal vez os guste.

Lucio era un niño que un día contrajo una extraña y desconocida enfermedad. Tenía, sobre el cabecero de su cama, una fotografía enmarcada de su abuelo. La mirada del abuelo de Lucio en aquella fotografía siempre había atraído la curiosidad de todo el mundo. No era una mirada normal. Era una mirada perdida. Los ojos del anciano estaban congelados, mirando al infinito. Cuando uno miraba la fotografía durante un breve instante de tiempo, solo captaba el hecho de que aquel anciano retratado estaba ensimismado. Pero si se observaba la fotografía durante un par de minutos, el observador se perdía en la mirada del abuelo. Era una mirada infinita, una mirada potente. Una mirada que decía, sin palabras, haber visto muchas cosas. Pero que al mismo tiempo hacía suponer que esos ojos no habían visto, jamás, ningún elemento de este mundo.

Lucio nunca conoció a su abuelo en persona, pues el hombre ya estaba muerto cuando Lucio nació. Y un buen día, Lucio se levantó con aquella mirada. Se levantó con la mirada de su abuelo. Los médicos no daban crédito. El doctor de Lucio dijo que jamás había visto un caso así. Este niño, dijo en una ocasión, Tiene la mirada perdida. Lo estudiaron durante varios meses. Le hicieron cantidad de pruebas y análisis. Examinaron a Lucio tanto física como psicológicamente. Pero los médicos de Lucio no consiguieron descubrir el origen de aquella extraña patología. Lució había perdido, de alguna manera, la mirada. Sus ojos no respondían. Siempre se hallaban congelados, mirando al infinito. Y Lucio, a pesar de estar perfectamente, daba la impresión de estar siempre triste.

Un buen día, poco después de que Lucio cumpliera quince años, llegaron unos científicos de Nueva York. Llegaron dispuestos a resolver el problema de Lucio. Durante dos semanas, sometieron a Lucio a toda clase de pruebas.

¿Cual es tu color preferido?, preguntó uno de los científicos. El azul, dijo Lucio. Este chico tiene un exceso de azul, dijo el científico, Su mirada ha absorbido demasiado azul. Todo el mundo sabe que el azul es el color de la melancolía, explicó el científico, que al parecer tenía un doctorado en colores. Así que durante una hora eliminaron todo objeto azul de la casa de Lucio. Al cabo de ese periodo de tiempo, el doctor en colores preguntó, ¿Cómo te sientes? A lo que Lucio contestó, Incompleto. ¿Por qué?, preguntó el científico. Porque me gusta cuando mi mirada se pierde en el color azul. El color azul es como un mar. Mi mirada se posa en él y yo, que no soy mas que su esclavo, navego entre las olas del azul y entonces me siento marinero. Y si no navego en el azul, me siento incompleto, porque en el azul uno puede perderse, y sentir la brisa marina sobre sus mejillas. El doctor en colores asintió y se dio por vencido, El color azul no es el problema, dijo cediendo el turno al resto de sus compañeros.

Entonces llegó el turno de otro de los científicos neoyorquinos. ¿Te gusta mirar por la ventana? Le preguntó a Lucio. Lucio asintió. Entonces el científico presentó su hipótesis a los padres de Lucio. Embobamiento felino, dijo, pues al parecer aquel científico era doctor en gatos. Expuso una pizarra en la cual había dibujado un gato que miraba por una ventana. Los ojos del gato se hallaban perfectamente señalizados por un letrero que decía: “Mirada perdida”. Y debajo del gato, en letras grandes, se podía leer la palabra: “Triste”. Así que durante una hora, taparon todas las ventanas de la casa de Lucio. Transcurrido el tiempo, el doctor en gatos preguntó, ¿Cómo te sientes? A lo que Lucio contestó, Incompleto. Me siento incompleto porque en ocasiones, mi mirada perdida va a parar a la ventana. Y entonces el tiempo me abandona. Y es mi mirada la que recae en todas y cada una de las personas que pasan por la calle, en el humo de las chimeneas, en los coches viejos, en los niños que juegan y en los pájaros que vuelan. Y yo, que no soy mas que su esclavo, me pierdo entre todos estos elementos, y me siento como un turista. ¿Sabía usted que algunas palomas son completamente blancas? Esto es porque son una especie distinta fuertemente emparentada con el resto de palomas, que también me gustan. El doctor en gatos se quedó desconcertado ante tamaña explicación y cedió el turno al doctor en jazz, el cual pensó que la enfermedad de Lucio era debida a la ausencia de música y sometió al chico a una hora de jazz. Tampoco funcionó, pero Lucio lo agradeció mucho, pues no conocía estilo de música alguno y le agradaron mucho todas las canciones que escuchó.

Al cabo de muchas pruebas, los científicos neoyorquinos decidieron regresar a Nueva York dándose por vencidos. Antes de irse quisieron ponerle un nombre a aquella enfermedad incurable y la llamaron Enfermedad de la mirada perdida.

La adolescencia de Lucio pasó sin pena ni gloria para el chico, y muy pronto se convirtió en un joven apuesto. No era excesivamente alto ni excesivamente bajo. Pero era un chico guapo y atractivo. Qué lastima que tu mirada esté perdida, solían decir los padres de Lucio, Si fueras un chico normal podrías tener a la mujer que quisieras. Pero Lucio no lo entendió. Él simplemente se limitaba a dejarse llevar por aquella mirada tranquila. Podía pasarse horas, e incluso días, observando un único elemento. Y Lucio, que hacia años que se había dado por vencido, ya no se resistía, y se dedicaba a observar con atención todos los detalles de aquellos elementos en los que su mirada decidía ir a parar. A veces era la cara de una persona mayor, y entonces Lucio ponía atención en todas y cada una de las arrugas, así como en las marcas de la vejez.

Un buen día, una chica se interesó por Lucio. Pensó que aquella mirada perdida tenía un gran encanto, y se lo dijo a Lucio. Lucio no se interesó en un principio, pues no conocía siquiera la cara de aquella chica, pues su mirada nunca había ido a parar allí. Además, no sabía que era el amor, y cuando ella le hablaba, el estaba demasiado concentrado en algún elemento del mundo como para prestar atención. Hasta que un día, la mirada de Lucio se posó en ella. Lucio no lo vio venir, ni tampoco lo deseó. Pero su mirada sí. Se posó en el rostro de aquella joven mujer durante meses. A Lucio le encantaban los ojos de aquella chica, porque eran cálidos y lo miraban con cariño. Y también sus labios, que eran rojos y gruesos y que daban ganas de perderse en ellos. Tenía las mejillas redondas y una sonrisa hermosísima. Entonces Lucio pensó, Esto es lo que llaman amor.

Pero la relación de Lucio con su primer amor pronto se entorpeció. Nadie sabe lo difícil que es querer a un chico que tiene la mirada perdida. A veces, ella le hablaba, pero Lucio estaba tan ensimismado con cualquier cosa, como un charco de agua, o una hoja otoñal desprendiéndose de un árbol, que apenas podía prestar atención. Y entonces ella, enormemente cansada y apesadumbrada por no ser el centro de atención, decidió dejar a Lucio de lado. Ya no quiero saber nada de ti, ni de tu mirada perdida, dijo. No es tu mirada, eres tu. Eres tu el que vive en su mundo. Y al cabo de un tiempo, se casó con otro chico que apenas prestaba atención a las cosas realmente bellas de la vida, pero que era, en el fondo, mucho mas entretenido y ameno. Durante los días posteriores a aquella ruptura, la mirada de Lucio se centró en un pequeño estanque que había en un parque, cercano a la casa de Lucio. Ahora soy un marinero al que han dejado de lado, pensaba Lucio mientras su mirada se posaba en el estanque. Ahora navego en este estanque, y solo los gorriones que vienen a bañarse y beber agua, son mi consuelo.

Lucio no tenía muchos amigos, pero las personas que lo conocieron, decían que desde aquello, Lucio nunca volvió a ser el mismo. Nunca dejó de estar triste y, a veces, cuando la mirada de Lucio se centraba en algo realmente bello, como el sol cuando amanece y tiñe el cielo de diferentes tonos de rojo, o como cuando un animal vive salvaje y corre libre por el campo, una lágrima de emoción recorría su mejilla. Y entonces Lucio recordaba a aquella chica que lo amó una vez. Recordaba, casi a la perfección, todos los elementos de su rostro, pues lo había observado durante tanto tiempo, que conservaba en su memoria una imagen fotográfica. Y así pasaba muchas horas recordando sus ojos cálidos, sus mejillas redondas y su amplia sonrisa, mientras la mirada de Lucio se perdía en la infinitud de las cosas realmente bonitas.

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2 comentarios

Ender -

Me alegra mucho que te haya gustado, de verdad.

Hettar -

Me ha gustado mucho el relato Ender.
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