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Paperback Writer

El tetrapléjico

Ayer me ocurrió algo un poco distinto a lo que me ocurre normalmente y lo voy a escribir aquí.

Iba por la universidad, hacia la biblioteca, con Dani, un compañero de clase y amigo. Acababa de comer un sándwich vegetal especial, que se diferencia del vegetal a secas en que no lleva atún. Eso, y unos aros de cebolla y unos nuggets de pollo. Comida mediocre, pero fácil y rápida.

En estas que se nos acercó un señor en silla de ruedas. No una silla de ruedas normal, sino eléctrica y automática. El señor hacía mover el aparato con el dedo pulgar, empujando una palanca situada en el brazo derecho de la silla. Aunque quizás sea más correcto llamar a esa palanca joystick. El señor se paró frente a nosotros y nos dijo:

-¿Os puedo pedir un favor?

-Claro que sí. -le contestamos.

No se por qué pero tuve algo de miedo de que el tipo quisiera aprovecharse de nosotros, sabiendo que empatizaríamos con su problema, y pedirnos un cigarro, dinero o algo así. Si estás leyendo esto y quieres juzgarme por esta reflexión, puedes hacerlo.
Resulta que lo que quería era beber agua. Nos dio unas indicaciones para encontrar un botellín en su mochila, y nos aseguró que no podía mover ni las manos ni los brazos. Dani buscó el botellín raudo y veloz, y se lo puso en la boca. Lo sujetó y lo inclinó, permitiéndole así beber. El hombre bebió. Después nos pidió un cigarrillo.

-No tenemos, no fumamos. -le dije yo.

Error. Lo que quería era que, nuevamente, cogiéramos uno de sus cigarrillos y le ayudáramos a fumar. Esa vez fui yo, con ganas de enmendarme, el que siguió las indicaciones y encontró el paquete de tabaco. Ducados rubios. Le puse un cigarro en la boca y se lo encendí. Me sentí como en la típica escena de una peli de vaqueros, en la que abaten a tiros a un compañero y el protagonista se ve obligado a ponerle un cigarrillo en la boca para cumplir con su último deseo. Cada cierto tiempo le quitábamos el cigarrillo, para que pudiera expulsar el humo de tanto en tanto.

Pensé que debíamos hablar de algo durante el proceso, para que el tipo se sintiera cómodo y el cigarro le sentara bien. Podría haber mencionado cualquier tontería, el buen día que hacía o lo bonita que estaba la universidad, haciendo como si el hecho de que estaba en una silla de ruedas fuera algo completamente normal. Pero narices, cuando quieres que alguien esté cómodo contigo y que no sienta que estás ahí por obligación, lo mejor que puedes hacer es ser sincero. La sinceridad, mientras no te lleve a los límites del cinismo, es un buen recurso, nadie puede recriminarte por ella y si te juzgan, por lo menos lo harán por lo que realmente eres. Así que le pregunté lo que realmente quería saber. Qué puñetas hizo para acabar así, tetrapléjico. Me miró (sin mover el cuello) y me contestó tranquilamente.

-Estaba en la playa con unos amigos. De pronto alguien dijo: vamos a saltar. Fuimos a un acantilado al que ya habíamos ido muchas otras veces y yo salté de cabeza. No salté haciendo ninguna pirueta ni nada, simplemente de cabeza. Resulta que ese año un banco de arena se había desplazado hasta esa zona, y donde antes cubría unos cuatro metros ahora cubría metro y medio. Me rompí el cuello.

Se nos hizo un poco duro escuchar aquello. Aunque no tan duro como parece, pues la persona que lo decía estaba tranquila, repitiendo algo que ya habría contado muchas otras veces. Mi curiosidad no acabó ahí.

-¿Hace cuanto tiempo pasó? -le pregunté.

-Hace veintiocho años -dijo tras pensar unos instantes.

-¿Y cómo es vivir así? Parece muy jodido.

-Lo es. Lo mas duro es no poder mover las manos. Encenderme un cigarrillo cuando me apetece, entrar a un bar y pedirme un pincho. Esas son las cosas que más echo de menos.

Por un momento sentí ganas de decirle lo mucho que lo sentía. De mirarle y decirle "lo siento mucho". Pero luego me acordé de un tío mío, muy querido, que el verano pasado me contó como se sintió cuando en el funeral de mi abuelo, la gente se le acercaba y le decía esas palabras. Me contó que esas palabras no lo tranquilizaron, que eran solo palabras vacías porque hay cosas que le ocurren a uno y que los demás nunca podrán sentir por mucho que se empeñen. Así que no dije nada. Me conformé con guardar silencio y ayudarle a fumar su cigarrillo, que era todo lo que podía hacer por él en ese momento. No sentí compasión, aunque tuve que apretar el puño porque me estaba poniendo algo nervioso.

-¿Tenéis exámenes? -nos preguntó.

Le contamos que teníamos un examen en unas horas y que nuestra intención era repasar un poco. Estuvimos un rato hablando de los estudios, nos preguntó a ver qué estudiábamos y resulta que un amigo suyo había estudiado lo mismo que nosotros. La conversación se volvió mas relajada, aunque en cierta forma, era yo el que había pedido violencia, el que había preguntado. El cigarro se acabó. Lo tiramos al suelo y lo pisoteamos. Nos despedimos. Yo le dije que a ver si volvíamos a vernos por allí, y si lo hacemos trataré de hablar con él.

Este tipo de cosas hacen que me de cuenta de lo protegidos y arropados que vivimos. Leo estas líneas y me parecen algo gratuitas, pero por qué no escribirlas si forman parte de mi vida. Creo que el sufrimiento, la incomprensión, la soledad, son cosas que todos tenemos pero que ocultamos con esfuerzo. Y creo que una de las máximas del estado del bienestar en el que vivimos es ocultar todo eso. Por eso, aunque me puso algo triste el encuentro, al cabo de un rato me hizo sentir mejor, porque me sentí más en consonancia con la realidad.

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