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Paperback Writer

Cuento

Este es un cuento que he escrito porque me aburría. No lo he pensado mucho y me ha costado mas bien poco escribirlo. 

 

Había una vez un chico que se sentía solo porque sus padres habían muerto y sus amigos lo habían abandonado. No mentiré. Pensó en cortarse las venas de un tajo. Fue a su cocina y cogió el cuchillo jamonero. Cuando fue a suicidarse, se dio cuenta de que no le gustaban los cuchillos y de que la idea de cortarse las muñecas lo aterrorizaba. Así que no lo hizo. A continuación se dirigió al armario de las medicinas pensando que, tal vez, podría tomar medicinas hasta quedar inconsciente y morir. Su madre solía decirle que no tenía que tomar medicinas sin preguntar primero, porque podía morir. Así que le pareció adecuado. Cuando abrió el armario de las medicinas se dio cuenta de que no sabía para que servía ninguna de ellas, salvo las pastillas para la tos. El chico prefería morir sabiendo como ocurría, así que decidió que lo mejor sería tomar pastillas para la tos hasta la muerte. Pero no murió. Cuando acabó con el bote, se le quedó la garganta tan suave, que pudo cantar como los ángeles.

El chico vivía solo con su gato. Tras muchos intentos fallidos de suicidio, entre los que se contaban sogas con nudos que no se sostenían y tentativas de saltar por la ventana, pensó que lo mejor era morir devorado por su gato. Los gatos son fieras salvajes que provienen de la selva y de la sabana africana. Y creen en la cadena alimenticia. Si el chico iba a morir, por lo menos serviría de alimento para su gato. Así que lo primero que hizo fue vaciar el cuenco de comida del felino. Después se desnudó completamente y se tumbó en el pasillo, esperando a ser devorado. Pero el gato no se lo comió. Simplemente se tumbó a su lado y maulló de hambre, hasta que los maullidos fueron tan insoportables que el chico acabó dándole de comer.

Suicidarse era agotador, tanto que el chico decidió abandonar esos planes por el momento. Se vistió y se marchó de casa sin intención de volver, porque su casa solo le traía malos recuerdos, no sin antes dejar veinticinco kilos de comida para gatos y doscientos litros de agua repartidos por la casa para que su gato pudiera vivir en su ausencia. Ahora que podía cantar como los ángeles, pensó que lo mejor sería entrar en un coro, porque aunque no le gustaran los coros, tal vez podría matar su tiempo con eso. Así que lo hizo. Había un local cercano a su casa, donde una gente muy extraña se reunía todos los jueves para cantar. El chico entró, y antes de que le preguntaran nada, cantó El himno a la alegría, que era la única canción que conocía. Los allí presentes quedaron impresionados ante tal voz angelical y decidieron contratarlo como solista principal. Durante unos meses, el chico visitó las ciudades mas influyentes de Europa en el mundo del canto. Berlín, Roma, París y demás. Sus compañeros le preguntaron en una ocasión por qué tenía tan buena voz. El chico dijo que había intentado suicidarse tomando pastillas para la tos y que en lugar de morir, había obtenido ese don divino. El coro era religioso y estaba financiado por una congregación cristiana. Todos los coristas quedaron escandalizados ante tal explicación. No les gustaban los suicidas ni los blasfemos, así que decidieron mandar al chico a paseo.

El chico comenzo a pasear aburrido, tal y como le habían mandado, pero se cansó al cabo de unas horas y decidió volver a casa, muy a su pesar. Limpió su casa y después compró un arma por internet. Al cabo de tres días llegó hasta su casa una pistola. Aprendió a manejarla y después se dirigió al campo, con intención de cavar su propia tumba, pegarse un tiro en su interior y pedir a algún pueblerino sin estudios que lo enterrara. Aunque si el plan podía sucederse en otro orden, tanto mejor. Era media noche cuando salió de casa y como no tenía coche, decidió andar. En un callejón oscuro encontró a dos personas. Una chica preciosa y un señor muy feo. El señor feo apuntaba con una navaja a la chica y le gritaba cosas feas. El chico iba a quitarse la vida de todas formas, así que no le importó arriesgarse e intervenir. Sacó la pistola y le dijo al señor feo que dejara en paz a la chica preciosa o que lo cosería a balazos. El señor feo tiró su navaja al suelo y salió corriendo. La chica preciosa se acercó y dio las gracias. El chico le dijo que no tenía porque darlas. La chica se enamoró del chico, porque este le había salvado la vida. Y el chico no se suicidó porque también se había enamorado y de todas formas, había olvidado comprar munición por internet. Ambos tiraron el arma a un contenedor, recogieron al gato de casa del chico y se fueron a vivir a casa de la chica. Y fueron felices para siempre. Aunque tuvieron algún que otro momento cabrón, pero en términos generales, fueron felices.

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3 comentarios

Ender -

Sí, claro, me encantaría.

Púas y Tacones -

Nos ha encantado el cuento, muy original y divertido..!

Te gustaría escribir algún relato cortito para púas y tacones?

Hettar -

Me ha gustado el cuento.
Me pregunto que, si cuando te aburres escribes este tipo de cuentos, cuando estés inspirado que podrías llegar a escribir.
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